Lo irreparable
21:02
En un aula vacía, de tonos fríos (productos tal vez de su recuerdo de juventud, el presente aparece de una calidez árida) Walter White escribe las fórmulas químicas que componen al hombre: Oxígeno, Carbono, Nitrógeno. La lista sigue pero el porcentaje parece no cuadrar, hay algo que falta. ¿Y el alma? pregunta su compañera. ¿El alma? Acá no hay nada más que química, replica tajante.
Muchos capítulos después vendrá la mosca, con difusos planos detalles y una canción de cuna de fondo. La mosca irrumpe en el laboratorio y contamina el ambiente. Todas las secuencias se tornan teatrales, los gestos, los planos, la luz, todo funciona a diversos niveles. Walter, en estado febril, sostiene la escalera donde Jesse está subido tratando de cazar el insecto, esta a su vez, se balancea sobre dos alacenas de metal. El metal y el azul intenso. Dejala, todo está contaminado, dictamina Walter. La mosca avanza con el peso de lo irreparable.
De allí en más pareciera que no hay otro camino que no sea ese descenso infernal que Walter transita, todos los personajes se corrompen. La idea de poder, y sus delirios de poder se van emancipando de sus elementos más ridículos y el aire se vuelve espeso. Lo que antes se sostenía en un entrelazado de inteligencia y azar, ahora se descascara y cae. Todo se desintegra. La contaminación es total. La mosca todo “lo roe con su diente maldito” como el verso de Baudelaire. Cuanto tiene Breaking Bad de poetas malditos, de tramas de sórdida de belleza, de flores del mal.
Walter trata de precisar el momento en el que todo parece haberse desmoronado. “El universo es aleatorio. Es inevitable. Es un caos. Partículas subatómicas sin un fin que colisionan sin rumbo, eso es lo que nos dice la ciencia” Y sin embargo hay una coincidencia que le resuena. El momento en el que todo parece haberse desmoronado tiene tinte de fatídico destino. “Ese fue el momento, esa noche, nunca debería haberme ido de casa”. La canción de cuna se confunde con los zumbidos de la mosca. Esa noche también, fue metal y azul intenso.
Muchos capítulos después vendrá la mosca, con difusos planos detalles y una canción de cuna de fondo. La mosca irrumpe en el laboratorio y contamina el ambiente. Todas las secuencias se tornan teatrales, los gestos, los planos, la luz, todo funciona a diversos niveles. Walter, en estado febril, sostiene la escalera donde Jesse está subido tratando de cazar el insecto, esta a su vez, se balancea sobre dos alacenas de metal. El metal y el azul intenso. Dejala, todo está contaminado, dictamina Walter. La mosca avanza con el peso de lo irreparable.
De allí en más pareciera que no hay otro camino que no sea ese descenso infernal que Walter transita, todos los personajes se corrompen. La idea de poder, y sus delirios de poder se van emancipando de sus elementos más ridículos y el aire se vuelve espeso. Lo que antes se sostenía en un entrelazado de inteligencia y azar, ahora se descascara y cae. Todo se desintegra. La contaminación es total. La mosca todo “lo roe con su diente maldito” como el verso de Baudelaire. Cuanto tiene Breaking Bad de poetas malditos, de tramas de sórdida de belleza, de flores del mal.
Walter trata de precisar el momento en el que todo parece haberse desmoronado. “El universo es aleatorio. Es inevitable. Es un caos. Partículas subatómicas sin un fin que colisionan sin rumbo, eso es lo que nos dice la ciencia” Y sin embargo hay una coincidencia que le resuena. El momento en el que todo parece haberse desmoronado tiene tinte de fatídico destino. “Ese fue el momento, esa noche, nunca debería haberme ido de casa”. La canción de cuna se confunde con los zumbidos de la mosca. Esa noche también, fue metal y azul intenso.


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